El Pontífice lo elige como el primer destino europeo que visitar. Tres días que conmovieron a León XIV, con una organización multimillonaria ejecutada a la perfección.
«El gran corazón católico de España, que late con inmensa fuerza en su capital, Madrid». Así describió el Papa León XIV su emotiva y conmovedora visita de tres días a Madrid, antes de continuar viaje hacia Barcelona y las Islas Canarias, en el que fue su primer viaje apostólico a un país europeo durante el primer año de su pontificado.
Tres días —del 6 al 9 de junio de 2026— bajo un sol abrasador, durante los cuales la capital de España se convirtió en foco de atención mundial y, al mismo tiempo, permitió que el área metropolitana de Madrid escribiera su propia historia: un relato de afecto y amor que lleva la impronta del máximo representante de la Iglesia católica —es decir, de la Iglesia universal—. Madrid, encrucijada histórica a lo largo de incontables décadas, guarda ahora entre sus archivos el testimonio de cómo un Papa de origen agustino y norteamericano, con ascendencia hispana por parte de madre, escribió una hermosa página de valores trascendentales, aun bajo la disciplina de un programa sumamente exigente y planificado al minuto.
Esta es una crónica fiel a los hechos que, para ser objetiva, debe también estar impregnada de algo intangible: afecto, calidez humana, amor, en una palabra. El Sumo Pontífice aterrizó en Madrid —algo nervioso— al mediodía del día 6, donde fue recibido por Sus Majestades los Reyes en su calidad de jefes de Estado; no hay que olvidar que, desde que España es España, los monarcas españoles han ostentado el título de «Sus Majestades Católicas».
La ventaja de Prevost sobre sus predecesores, Wojtyła y Ratzinger —quienes habían visitado la capital anteriormente—, radica en que conoce a la perfección la historia del país y el alma de España; de hecho, admira esa historia y ama esa alma. Con el pueblo de Madrid siempre presente, fervoroso y devoto en las calles, el Papa dejó claro desde el primer momento, en el Salón del Trono, que había llegado a la «noble» España como «misionero» y como el Papa de la «humanidad» y de la «vida». La caridad ocupó un lugar central en el viaje apostólico.
La visita papal fue una ocasión ideada por Dios para que Madrid se mostrara ante el mundo tal como es realmente: abierta, cosmopolita, acogedora y generosa. Desde el momento en que Prevost pisó el aeropuerto, nunca le faltó el respaldo de la gente, hasta tal punto que la clase política se apresuró a conseguir una fotografía con el hombre de blanco.

Un altar de juventud en La Castellana y en Cibeles
La sencillez que irradiaba el antiguo misionero agustino en las zonas más desfavorecidas del Perú, así como la honestidad que transmite, son tal vez sus medios más poderosos para atraer a los jóvenes, los principales protagonistas de los seis días de la visita papal a la vieja España. Ello no impidió que el Pontífice dijera, en todo momento, lo que un Vicario de Cristo debe decir: aquí, allá y en todas partes.
Fue profundamente conmovedora la vigilia con los jóvenes llegados de todas partes del mundo, que sumaban más de 500.000. Presidido por una enorme cruz de madera —que permanecerá para siempre en la plaza de Lima— y por las palabras del Santo Padre, el encuentro transmitió mensajes de sacrificio, esfuerzo y amor a Cristo; palabras que no buscaban simplemente halagar los oídos de las nuevas generaciones. Se respiraba un ambiente especial, trascendente y renovador, con un Papa visiblemente emocionado y al borde de las lágrimas. La música de la jornada, «Alza la mirada», aportó un toque distintivo a través de las voces de Hakuna, Siloé y Besmaya: sonidos que calaban hondo en los sentidos.
Unas horas más tarde, en la emblemática plaza de Cibeles —escenario inconfundiblemente madrileño—, el Vicario de Cristo congregó a un millón y medio de personas para celebrar la festividad del Corpus Christi. Fue una nueva manifestación de contagioso fervor religioso. Treinta mil claveles rojos engalanaron la procesión papal, con la Custodia consagrada bajo el palio. Los mensajes son siempre los mismos: amor, humanidad, caridad… Cristo. A pesar del paso de los siglos, pocas veces ha vivido el centro de Madrid una Misa de tal trascendencia.
Cinco horas más tarde, el Movistar Arena fue el escenario elegido para «Tejiendo redes», el encuentro del Papa con intelectuales, científicos, escritores, periodistas y artistas. Doce mil invitados, independientemente de su afiliación religiosa o política, escucharon al jefe de la Iglesia universal defender con firmeza la vida, la humanidad por encima de cualquier otra consideración y la ética en todos los ámbitos de la existencia humana. Fue el lugar donde el actor Antonio Banderas protagonizó un momento memorable al confesar a Robert Prevost haber experimentado «el hechizo de Dios». También Sara Baras logró captar la atención del Pontífice por unos instantes gracias a su arte y dedicación. Al finalizar aquella segunda jornada papal en Madrid, la capital ya se había convertido en la ciudad del Santo Padre.

DEL CONGRESO AL BERNABÉU
Por primera vez en la historia del parlamentarismo español, un Papa de Roma se dirigió a diputados y senadores en sesión conjunta. Una asamblea casi unánime recibió a León XIV en pie, con una prolongada ovación. Lejos de congraciarse con los políticos y sus políticas abortistas, incrédulas o corruptas, el Papa pronunció una amonestación cortés pero clara, con su propio acento y a su propio ritmo. El entusiasmo de la extrema izquierda comunista parlamentaria no pasó inadvertido para los analistas.
El legado de San Juan Pablo II —el Papa que llenó el estadio Santiago Bernabéu en 1982—, con tantos ecos en el «glamur» norteamericano del actual Pontífice, le condujo con determinación y mansedumbre hasta el coliseo blanco, donde más de cien mil jóvenes le contagiaron un formidable torrente de entusiasmo. Prevost transitaba de una emoción a otra; su serenidad ancestral pugnaba con el latido de un corazón que se reflejaba en su rostro. En el avión había dicho a los periodistas que el Papa era de todos los equipos, pero Prevost era madridista. El presidente del Real Madrid le brindó un recibimiento de especial distinción a su llegada al gran coliseo. Allí habló a los jóvenes sobre el Evangelio, y ellos respondieron como suelen hacerlo: con alegría y exaltación. Del resto se encargaron los cantantes Bustamante, Diges y Diana Navarro, junto con mil cantantes aficionados y setenta músicos.
En su último día en Madrid, el Papa se dedicó a rendir homenaje a la patrona de la ciudad, la Almudena, y a los más desfavorecidos: una obsesión que heredó directamente de quien había sido su gran amigo, el papa Francisco.

Imagen y dinero
La primera visita del Papa norteamericano fue seguida por más de mil millones de personas en todo el mundo, especialmente en Estados Unidos y Europa. El impacto mediático y de imagen de aquellos tres días —con miles de periodistas de todo el planeta y una cobertura televisiva en directo— alcanzó proporciones de récord Guinness, gracias precisamente a la mirada tímida de aquel Papa humilde. Con una organización perfecta, meticulosa y casi espartana, Madrid dio una lección al mundo, consolidando su posición como una de las grandes ciudades globales especializadas en acoger grandes eventos de toda índole.
La inversión pública —procedente del Estado, de las comunidades autónomas y de los ayuntamientos de Madrid y Barcelona— destinada a esta visita apostólica del máximo representante de la Iglesia católica ascendió a 70 millones de euros en todos los conceptos, excluido el alquiler de aeronaves. Tan solo en Madrid, el retorno económico global alcanzó los 125 millones de euros. No obstante, por encima de esta cifra —una cantidad insignificante si se compara con el gasto ordinario de las distintas administraciones españolas—, destacó la imagen de modernidad y eficiencia proyectada a todo el mundo. Cabe añadir un dato de última hora: por primera vez en la historia de la Iglesia de Roma, el número de fieles bautizados ha alcanzado los 1500 millones. Asimismo, conviene subrayar que, desde un punto de vista estrictamente religioso —aspecto que, en modo alguno, constituye el objetivo principal de este informe—, el resurgimiento del sentimiento y la práctica católicos en Madrid, ciudad donde actualmente se construyen 15 nuevas iglesias, ha alcanzado niveles no vistos en más de medio siglo.
Cuando el Airbus A320 de Iberia, bautizado como «Peñón de Ifach», se elevó hacia el cielo para trasladar a León XIV a Barcelona en 40 minutos, ya había quedado grabado en los corazones de millones de creyentes que Madrid acababa de convertirse en la «ciudad del Papa».
Todo apunta a que el Pontífice agustino, profundamente impresionado por la acogida recibida, desea regresar pronto. El Santo Padre quiere que la capital de España se convierta en el epicentro católico de una Europa descreída.
