Después de muchos años vinculado al deporte del golf, he observado de cerca cómo el golf pierde jugadores no por falta de atractivo, sino por falta de encaje en la vida cotidiana. En esta ocasión quiero compartir con vosotros una reflexión sobre ese problema y una idea que quizás pudiera contribuir para abordarlo.
Vivimos en una época de agendas comprimidas. El tiempo es cada vez mas valioso, especialmente a medida que vamos cumpliendo años. No es una percepción subjetiva: según datos del Instituto Nacional de Estadística, el tiempo dedicado al ocio activo por los españoles ha caído un 18% en la última década, desplazado por las obligaciones laborales y familiares. En ese contexto, cualquier actividad que exija una jornada completa empieza a tener un problema.
El golf lo tiene.
Una ronda estándar de 18 hoyos implica, en la práctica, entre cuatro y seis horas en el campo, más desplazamiento, más el tiempo social posterior. El resultado es un bloque de tiempo que, para la mayoría de personas con trabajo y familia, solo puede ocurrir de manera esporádica. Según el informe Golf Around the World 2023 del R&A, la principal razón citada por ex jugadores para abandonar el deporte no es el coste ni la dificultad técnica: es el tiempo que requiere. Y entre quienes nunca han empezado, la percepción de que el golf «roba el día» aparece como barrera de entrada en el 61% de los casos estudiados.
En España, las licencias federativas llevan estancadas desde 2015, rondando las 290.000, muy lejos de los picos de principios de siglo. Ante esto, hay quienes proponen mejorar la experiencia en el campo, reducir precios o invertir en comunicación. Son medidas válidas pero secundarias si no se aborda la causa principal: la duración.
Y aquí es donde conviene recordar algo que sorprende a muchos aficionados. El golf no nació con 18 hoyos. En St Andrews, durante buena parte del siglo XVIII, el recorrido era de 12. No fue hasta 1764 cuando se consolidó el formato de 18 hoyos únicos, y su adopción como estándar global fue un proceso gradual, no una decisión fundacional. El golf, en sus orígenes, era más corto. Y funcionaba.
Este dato no es una curiosidad histórica. Es un argumento: si el formato evolucionó una vez por razones prácticas, puede volver a hacerlo.

La propuesta de recuperar el recorrido de 12 hoyos como formato reconocido —no en sustitución del de 18, sino junto a él— tiene implicaciones concretas. Una ronda se completaría en dos o tres horas, lo que la hace compatible con una mañana de fin de semana sin sacrificar el resto del día. Estructurado en vueltas de seis hoyos, ofrece además la posibilidad de formatos aún más cortos para quienes disponen de menos tiempo o están comenzando.
Hay experiencias reales en las que apoyarse. En Suecia, país con una de las tasas de práctica de golf per cápita más altas del mundo, los formatos cortos llevan años integrados en la oferta de muchos campos sin que ello haya erosionado la cultura del juego tradicional. Cataluña ofrece uno de los ejemplos más sólidos de cómo los formatos cortos pueden integrarse con éxito dentro del ecosistema del golf. Con más de 10.000 jugadores federados, decenas de clubes activos y una estructura competitiva propia, el pitch & putt se ha consolidado como una práctica estable y extendida, no como una alternativa marginal. Lejos de debilitar el golf tradicional, ha actuado como puerta de entrada, facilitando el acceso al deporte en términos de tiempo, coste y aprendizaje. Su desarrollo demuestra que reducir la duración del juego no implica reducir su esencia, sino adaptarla a la realidad del jugador actual, ampliando la base sin erosionar el modelo clásico. No son datos definitivos, pero sí indicios relevantes.
Desde el punto de vista operativo, el argumento también se sostiene. Un campo con rondas de menor duración puede gestionar más salidas diarias, lo que mejora la ocupación sin necesidad de ampliar infraestructura. Para campos nuevos, un diseño de 12 hoyos reduce significativamente la superficie necesaria y los costes de construcción y mantenimiento, haciendo viable la instalación en entornos urbanos o periurbanos donde un campo de 18 hoyos es inviable. Dicho esto, sería irresponsable no mencionar las resistencias: las federaciones nacionales e internacionales, ancladas en el estándar de 18 hoyos para el cómputo del hándicap y la organización de competiciones, han sido históricamente lentas en reconocer formatos alternativos. Cambiar eso requiere voluntad institucional.
También hay una objeción legítima desde la tradición. Hay quienes argumentan que el recorrido de 18 hoyos no es solo una convención, sino parte de la identidad del juego: su ritmo, su exigencia física y mental, la forma en que los últimos hoyos ponen a prueba lo construido en los primeros. Es un argumento respetable. Pero confunde la esencia del golf —la estrategia, la variedad de golpes, la relación con el entorno— con uno de sus formatos posibles. El ajedrez no dejó de ser ajedrez cuando aparecieron las partidas rápidas.
El problema del golf hoy no es que sea demasiado difícil ni demasiado caro, aunque ambas cosas también importan. Es que, tal como está estructurado mayoritariamente, no cabe en la vida de mucha gente. Y cuando un deporte no cabe en la vida de la gente, desaparece de ella.
La pregunta relevante no es si el formato de 18 hoyos debe sobrevivir. Sobrevivirá, y debe hacerlo. La pregunta es si las federaciones, los operadores y los propios clubes están dispuestos a dejar de tratarlo como la única forma legítima de jugar al golf. Porque mientras eso no cambie, el debate sobre el futuro del deporte seguirá siendo, en el mejor de los casos, una conversación entre los que ya juegan.
En definitiva, el golf, un deporte que tiene entre sus grandes virtudes el poder practicarse a cualquier edad, sería mucho más atractivo si incorporara de forma natural formatos más cortos. Esto no solo ayudaría a quienes ya juegan pero no pueden hacerlo con la frecuencia que desearían por falta de tiempo, sino que también abriría la puerta a muchos otros que nunca han empezado precisamente por esa misma razón.
Este planteamiento no debería limitarse únicamente a la práctica, sino extenderse también al ámbito competitivo. Los formatos actuales, con torneos de cuatro días y rondas de 18 hoyos, responden a una estructura que cada vez encaja menos con los hábitos de consumo y el estilo de vida actuales. No es casualidad que cada vez más personas manifiesten una menor conexión con el golf como espectáculo.
Sin embargo, el cambio ya ha comenzado. Nuevas propuestas están emergiendo, adaptando el juego a un entorno más dinámico y contemporáneo. Iniciativas como las competiciones impulsadas por Tiger Woods en formatos más cortos, por equipos y en entornos innovadores, apuntan en esa dirección. Pero esto daría para otro artículo.
Como tantas otras cosas en el golf, no es una cuestión de esencia, sino de evolución. Y, en este caso, todo parece indicar que es solo cuestión de tiempo.
