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Family offices mirando al sur

by FERNÁN GONZÁLEZ
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ELM - Family offices looking south

El capital intergeneracional abandona el norte de Europa y busca en el Mediterráneo lo que ya no encuentra: previsibilidad

No son celebridades ni magnates de portada. No aparecen en listas de Forbes ni inauguran rascacielos con su nombre. Son fundadores tecnológicos, herederos de segunda generación, gestores patrimoniales que operan a través de estructuras diseñadas para pensar en décadas, no en trimestres. Y están mirando al sur. Los family offices —esos vehículos privados que gestionan la inversión, la sucesión, la fiscalidad, la filantropía y la residencia de las grandes fortunas familiares— han iniciado un desplazamiento silencioso hacia el sur de Europa que no responde a una moda ni a un capricho climático. Responde a una lógica que UBS, en su Global Family Office Report de 2024, ha definido con claridad: «Family offices take a long-term, multi-generational perspective». Esa perspectiva ha dejado de encontrar acomodo en Londres, Zúrich o Fráncfort.

El fenómeno se enmarca en una tendencia más amplia. Según el Henley Private Wealth Migration Report 2025, se espera que 142.000 millonarios cambien de país de residencia este año, la cifra más alta jamás registrada. Pero dentro de esa marea, el movimiento de los family offices tiene una naturaleza distinta. Un individuo rico puede mudarse y regresar. Un family office que se traslada mueve consigo capital, empleo, redes de inversión y servicios profesionales. No es turismo de lujo. Es asentamiento de poder financiero.

El Reino Unido ha sido el epicentro de la sacudida. La abolición del régimen non-dom, anunciada por el Gobierno laborista de Keir Starmer y efectiva desde abril de 2025, ha eliminado la ventaja fiscal que durante más de dos siglos había convertido a Londres en la capital mundial de la gestión patrimonial internacional. Según las proyecciones de Henley & Partners, el país perderá 16.500 millonarios solo en 2025. Muchos de ellos no son individuos aislados: son las cabezas visibles de estructuras familiares que han empezado a reubicar sus centros de decisión.

El destino no ha sido, como cabría esperar, Dubái o Singapur. Al menos no para todos. Una parte significativa ha elegido el Mediterráneo europeo. Italia ha registrado un saldo neto positivo de 3.600 millonarios en 2025. Portugal ha atraído a 1.400. Grecia, a 1.200. Los tres países han combinado regímenes fiscales competitivos —el flat tax italiano para nuevos residentes, las reformas portuguesas de atracción de inversores, los incentivos griegos— con algo más difícil de legislar: estabilidad institucional, calidad de vida y un clima político que, en comparación con el norte, resulta moderado.

Un director de clientes privados de Henley & Partners, lo ha expresado en términos que resumen la motivación central: «High-net-worth individuals are increasingly seeking stability and security». Para un family office, esa estabilidad no es un complemento. Es el requisito previo sobre el que se construye todo lo demás.

La family office en Europa

El concepto de family office no es nuevo. Sus orígenes modernos se remontan a 1882, cuando la familia Rockefeller creó una estructura dedicada a gestionar su patrimonio tras la expansión de Standard Oil. En Europa, los Rothschild habían operado con una lógica similar desde principios del siglo XIX. Pero durante décadas, estas oficinas han permanecido ancladas a los centros financieros tradicionales: la City londinense, la Bahnhofstrasse de Zúrich, el Grachtengordel de Ámsterdam.

Lo que ha cambiado es que la residencia del patrimonio ya no está obligada a coincidir con la residencia del mercado. Knight Frank lo ha constatado en sus informes de 2024: «Wealth is increasingly mobile» —la riqueza es cada vez más móvil—. El teletrabajo de alto nivel, la digitalización de la gestión de activos y la normalización de las estructuras transfronterizas han permitido que el centro operativo de un family office pueda situarse en la Costa del Sol, en el Algarve o en las Cícladas sin perder un ápice de conectividad con los mercados globales.

El perfil del nuevo residente refuerza esta lectura. No es el empresario jubilado que busca sol. Es, según los datos de UBS, un miembro de la segunda o tercera generación que ha estudiado en universidades internacionales, que opera en inglés, que prioriza la sostenibilidad y la calidad de vida, y que ha crecido con una concepción global de la residencia. UBS ha señalado que «next-generation family members are reshaping investment priorities». Esa redefinición incluye dónde vivir.

El sur de Europa ofrece a estas familias algo que el norte ha empezado a perder: calma. No solo climática. También regulatoria, social y reputacional. En un momento en que el debate sobre impuestos a la riqueza se ha intensificado en Francia, Alemania y los países nórdicos, y en que la polarización política ha convertido la visibilidad patrimonial en un riesgo, el Mediterráneo ofrece un entorno de menor presión. Para familias que gestionan legados multigeneracionales, la discreción no es una preferencia estética. Es una necesidad operativa.

Capital que permanece

El impacto económico de estos traslados trasciende las cifras de patrimonio. Henley & Partners ha documentado que hasta un 20% de los millonarios que cambian de país son emprendedores activos. Un family office que se instala en un territorio no se limita a tributar allí. Contrata abogados, asesores fiscales, gestores de inversión, personal doméstico cualificado. Genera un ecosistema de servicios de alto valor que, con el tiempo, atrae a otras estructuras similares. Mónaco lo ha demostrado durante medio siglo. Luxemburgo e Irlanda lo han replicado con variantes. Ahora, la Costa del Sol, Lisboa y Atenas aspiran a ocupar una posición análoga.

La decisión de residencia, en este contexto, ha dejado de ser una cuestión personal para convertirse en una decisión estratégica con implicaciones empresariales, fiscales y sucesorias. Kate Everett-Allen, de Knight Frank, ha explicado que la pandemia ha acelerado las «lifestyle-led relocations»—, pero el motor profundo es otro: la convergencia entre el lugar donde se vive y el lugar donde se invierte. Antes, el dinero estaba en un país y la vida en otro. Ahora, ambos tienden a coincidir.

Los países que han entendido esta dinámica compiten ya no solo por atraer capital, sino por retener estructuras. No basta con un tipo impositivo atractivo si el sistema judicial es imprevisible, si la burocracia es hostil o si el entorno social penaliza la riqueza. Italia, con su régimen de 100.000 euros anuales de tributación fija para nuevos residentes fiscales, ha atraído a centenares de family offices desde su implantación en 2017. Portugal, pese a la reformulación de su programa de residencia no habitual, sigue captando perfiles de alto patrimonio. Grecia, con su golden visa y sus incentivos para inversores, ha entrado en la partida con fuerza desde 2023.

El mapa del poder financiero europeo, en definitiva, se está redibujando sin que apenas se note. Sin titulares estridentes ni inauguraciones con champán. El nuevo residente no llega con maletas. Llega con estructura, con horizonte temporal de generaciones y con una pregunta que ningún ministro de Hacienda del norte de Europa quiere escuchar: ¿por qué quedarse donde ya no se siente bienvenido?

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